«Juicio político a Etienot: relatos de violencia institucional y un desenlace inevitable»

«Juicio político a Etienot: relatos de violencia institucional y un desenlace inevitable»

 

En los pasillos espesos de Tribunales, donde la humedad es institucional y el murmullo nunca muere, los viejos Grillos no necesitan leer el Boletín Oficial para saber cuándo un proceso cambia de temperatura. Esta semana, el juicio político contra Josefina Etienot, alias Violencia Rivas, dejó de ser un trámite formal para convertirse en un campo minado de relatos, lágrimas y silencios que pesan más que cualquier acusación escrita.

El juicio comenzó con una estrategia clásica del Comandante: un gesto populista. En su primera intervención, pidió caducidad del proceso y sugirió —sin culpa y sin Código— la absolución de la jueza. Sin embargo, la Ley de Jury no es una hoja de ruta para improvisadores. Si pidió la apertura, está obligado a acusar, y si luego considera que no hay mérito, puede decirlo… pero durante la prueba, no en la apertura.

En la causa Rossi, el mismo Comandante defendió que el proceso puede seguir incluso sin acusación fiscal, porque el Jury es político, no penal. Esta vez intentó hacer lo contrario, creyéndose impune. Terminó intimado por el propio tribunal, compareciendo con la soberbia en el maletín, pero sin margen.

Su intervención tuvo otro detalle llamativo: desestimó las denuncias de hostigamiento contra Etienot calificándolas como “cosas que pasan en una oficina”. Esa definición resume su visión institucional: machista, corporativa y negadora.

Mientras tanto, las audiencias continuaron. Y lo que antes eran murmullos, ahora son testimonios en carne viva. Empleadas, técnicas, psicólogas y profesionales del Poder Judicial relataron el ambiente hostil que imperaba en el juzgado de Etienot.

  • La secretaria del juzgado, con 20 años de carrera, lloró durante todo su relato. Describió gritos, amenazas y hostigamiento continuo, al punto de requerir asistencia médica.
  • Una psicóloga del Superior Tribunal contó que el nivel de hostilidad era tal que no se permitía usar el baño ni tomar agua en el juzgado.
  • Otra testigo afirmó que el equipo técnico no podía ingresar sin generar incomodidad.
  • Las diferencias profesionales no se discutían con argumentos, sino con gritos.

Etienot era disciplinadora, no jurídica. Cuando no le gustaba un informe, llamaba a otras profesionales para que “le salvaran el pellejo”. Sus empleados tenían miedo incluso de escribir en el grupo de WhatsApp del juzgado por temor a ser leídos y malinterpretados.

Mientras tanto, la defensa, ausente. Etienot, también. Su silencio pesa más que su legajo. Solo se presentaron dos abogadas que no sabían por qué estaban allí y un presidente de Colegio que afirmó no haber escuchado nada.

Entre las sombras del juicio, la renuncia de Martín Acevedo Miño a la Secretaría de Justicia se filtró como un mensaje en los pasillos. No fue un escándalo público, sino una reubicación en el Ministerio de Gobierno, como suele suceder cuando ya no se puede contener a alguien, pero tampoco se le permite salir por la puerta de atrás.

Este Jury no es penal. No habrá condena ni pena, pero sí una pregunta clara: ¿se destituye o no a la magistrada? Cada día la respuesta se vuelve más evidente. Etienot no solo está acusada: está sola.

Y en política, la soledad no se absuelve. Se ejecuta.

Estas Charlas de Pasillo son irreales. Las situaciones y personajes descritos no están basados en la realidad. Cualquier similitud con eventos concretos, personas vivas, fallecidas o condenadas es pura coincidencia.

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