Anoche, cerca de la medianoche, un nuevo episodio de inseguridad golpeó al barrio Laguna. Una vivienda fue desvalijada: dos televisores, una pava eléctrica y varias pertenencias desaparecieron en cuestión de minutos. Lo que debería ser un hecho aislado se repite con la misma trama y los mismos protagonistas, dejando a los vecinos en un estado de indefensión que ya no se puede disimular.
La paradoja de la investigación
La damnificada entregó a la policía información precisa, incluso nombres de sospechosos. Sin embargo, lo que recibió a cambio fue una sensación de indiferencia. La respuesta oficial fue que “se está trabajando en el caso”, pero la realidad muestra otra cosa: cajas de vino abandonadas en la casa, sin huellas porque —según la hipótesis policial— los ladrones habrían usado guantes. La propietaria, en cambio, encontró manchas de sangre en un mantel, un indicio que parece haber pasado inadvertido.
El colmo de la impunidad
Como si el robo no fuera suficiente, la víctima recibió al día siguiente un llamado extorsivo: le exigieron 100 mil pesos para recuperar lo que le habían quitado. El mensaje es brutal: el delito no solo se consuma, sino que se negocia a plena luz del día, como si fuera un mercado paralelo de lo ajeno.
La justicia que nunca llega
La señora no pide privilegios, pide justicia. Reclama que no puede ser que “siempre los mismos personajes” actúen con total libertad y nadie haga nada. Su voz refleja la de muchos vecinos que sienten que el Estado se ha retirado de sus responsabilidades más básicas: proteger la vida y los bienes de la gente.
El llamado a la comunidad
La víctima pidió a los vecinos que no compren objetos robados. Es un gesto de dignidad y conciencia: mientras exista un mercado para lo robado, el delito seguirá encontrando oxígeno. La responsabilidad es compartida: no se trata solo de la policía, sino también de la sociedad que debe negarse a ser cómplice.
Este caso desnuda una verdad incómoda: la inseguridad no es solo el robo, es la ausencia de respuesta. Cuando el sacrificio de años se esfuma en minutos y la justicia se demora, lo que queda es la impotencia. Y esa impotencia, si no se atiende, se convierte en bronca social.
