Peter Lamelas, el embajador designado por Donald Trump para Argentina, no llegó con diplomacia templada. Llegó con advertencias. En su audiencia ante el Senado norteamericano, elogió a Javier Milei como “actor clave en la región” y prometió una alianza “sin precedentes” entre Buenos Aires y Washington. Pero lo que más resonó fue su alerta: la “influencia maligna” de China debe ser contenida.
La frase no es casual. Es parte de una narrativa que revive la lógica de la Guerra Fría, donde América Latina vuelve a ser terreno de disputa entre potencias. Lamelas no solo apuntó contra China, sino también contra Cuba, Venezuela, Nicaragua e Irán, a los que acusó de “socavar los valores democráticos”. Y en ese mapa, Milei aparece como el aliado natural de la Casa Blanca.
¿Pero qué significa esto para Argentina? ¿Una alianza estratégica o una alineación ideológica? ¿Una oportunidad de inversión o una subordinación geopolítica?
Lamelas promete cooperación en seguridad, lucha contra la corrupción y comercio bilateral. Habla de reducir barreras no arancelarias y de atraer capital estadounidense. Pero también advierte que cada provincia puede hacer acuerdos con China, y que él mismo saldrá de gira para “evitar alianzas con los chinos”. ¿Es ese el rol de un embajador o el de un interventor?
El elogio a Milei no es solo personal. Es político. Es una señal de que Estados Unidos ve en el presidente argentino un socio para su agenda regional. Pero esa agenda no siempre coincide con los intereses soberanos de Argentina. La neutralidad histórica de EE.UU. sobre las Islas Malvinas, por ejemplo, se mantiene intacta. Y los sectores estratégicos como energía, litio y tecnología siguen siendo objeto de presión comercial.
China, por su parte, respondió con firmeza: “Argentina no debe volverse un campo de batalla”. Y tiene razón. Porque si el país se convierte en tablero de ajedrez entre Washington y Beijing, lo que se pierde no es solo autonomía: se pierde la posibilidad de construir una política exterior basada en el desarrollo, no en la obediencia.
Este editorial no cuestiona la necesidad de vínculos con Estados Unidos. Pero sí advierte sobre los costos de una alianza sin matices. Porque cuando la lapicera diplomática escribe desde Miami, y el elogio se convierte en doctrina, lo que está en juego no es solo la relación bilateral. Es el lugar de Argentina en el mundo.
