La reciente ola de rechazos a cargamentos de naranjas argentinas por parte de la Unión Europea, bajo el argumento de la presencia de la enfermedad conocida como “mancha negra” (Phyllosticta citricarpa), expone una vez más la fragilidad de los acuerdos comerciales cuando se enfrentan a intereses proteccionistas disfrazados de protocolos sanitarios.
La mancha negra es un hongo superficial que no afecta la calidad ni la inocuidad de la fruta para consumo humano. Así lo han señalado reiteradamente especialistas, organismos sanitarios y productores. Sin embargo, la UE la considera una plaga cuarentenaria, lo que habilita la aplicación de medidas restrictivas que, en la práctica, funcionan como barreras paraarancelarias.
España, principal productor de cítricos en Europa, aparece como el epicentro de estas intercepciones. No es casual. En plena contraestación, cuando los limones y naranjas del hemisferio sur abastecen los mercados europeos, la aplicación rigurosa —y en muchos casos arbitraria— de estos controles permite regular la oferta y proteger la producción local. Sudáfrica, otro gran exportador, enfrenta el mismo tipo de obstáculos. El patrón se repite.
Lo preocupante no es solo el perjuicio económico para las empresas argentinas, que deben destruir, reexportar o repatriar cargamentos sin evidencia concreta de la enfermedad. Lo alarmante es la falta de reciprocidad y transparencia en los procesos de inspección. ¿Dónde está el equilibrio entre la protección fitosanitaria y el libre comercio? ¿Quién audita las decisiones que afectan a miles de trabajadores, productores y economías regionales?
Desde el sector citrícola argentino, junto con el SENASA, se han intensificado los controles y se han reforzado los protocolos. Pero no alcanza con cumplir: hay que exigir que se cumpla. La diplomacia comercial debe actuar con firmeza. No se trata de pedir favores, sino de defender derechos.
