Mientras en los pasillos de los comedores se reclama por cocineros, ollas y manos que trabajen, la política parece tener otro menú: el de los privilegios. La secretaria privada del coordinador de comedores cobra dos sueldos uno como secretaria y otro en el CIC o sea contratada municipal, un plato doble que ni los trabajadores con títulos bajo el brazo logran servirse.
El detalle es jugoso: el puesto en comedores como secretaria pribada fue solicitado por el propio coordinador a Bruno Sarubi, como si se tratara de un delivery de cargos. Y mientras tanto, los directivos piden cocineros que faltan, pero la secretaria sobra. ¿Cuál es el objetivo? ¿Cuál es la relación? Nadie lo sabe, salvo ellos, que según rumores de pasillo viven encerrados en la oficina cuando el coordinador aparece, y desaparecen juntos cuando él no va.
La ironía es que en los comedores, donde debería repartirse alimento, lo que se reparte son ascripciones. Hay incluso una persona de planta que hace dos años no trabaja, con una supuesta adscripción fantasma: nadie sabe dónde está ni qué hace, pero a fin de mes pasa por el cajero como si nada.
El humor ácido lo pone la comparación inevitable: mientras algunos jóvenes recorren oficinas con títulos universitarios bajo el brazo, esperando una oportunidad laboral, el diputado Bruno Sarubi y “Pepi”, el coordinador de comedores, acomodan a su gusto y antojo. La meritocracia queda para los discursos; en la práctica, lo que manda es la rosca y el privilegio.
En definitiva, los comedores se convirtieron en un espejo de la política: menos ollas y más oficinas cerradas, menos cocineros y más secretarias con doble sueldo. Y la comunidad, que debería recibir alimento y servicio, recibe la amarga receta de siempre: privilegios para pocos, sacrificio para muchos.
