Hay historias que no necesitan adornos porque brillan solas. La de Matilde Aranda es una de ellas. Durante 32 años, cada mañana montó su caballo y recorrió los caminos de Lucas Norte para llegar a la Escuela Nº109. Allí, entre ollas y cucharones, cocinó para más de treinta gurises que encontraron en su guiso de arroz mucho más que alimento: encontraron cariño, cuidado y la certeza de que alguien pensaba en ellos.
Matilde se jubiló, pero no se fue. Con emoción en la voz, asegura que seguirá visitando la escuela “por los gurises”. Esa frase sencilla encierra un mundo: la escuela como lugar de encuentro, la cocina como refugio, y el compromiso como huella que no se borra.
Su ejemplo nos recuerda que el trabajo no siempre se mide en sueldos ni en relojes, sino en la capacidad de sostener la vida cotidiana con amor. Ella es memoria viva de la comunidad, símbolo de esas trabajadoras invisibles que hacen posible que la educación rural sea más que un aula: sea hogar, sea abrazo.
En cada guiso de arroz que preparó, Matilde cocinó también futuro. Y en cada visita que promete seguir haciendo, nos enseña que la jubilación no es un final, sino un nuevo comienzo para reconocer y agradecer.
