Otra madrugada, otro aumento. Shell volvió a ajustar sus combustibles en Paraná y ya van seis incrementos en lo que va de noviembre. La nafta súper subió 19 pesos por litro, mientras que la V-Power quedó congelada, como si la empresa quisiera mostrar un gesto de contención que en realidad no alcanza a la mayoría de los bolsillos.
Detrás de cada número hay una historia: el trabajador que calcula si le alcanza para llegar a fin de mes, la familia que reorganiza su presupuesto, el productor rural que ve cómo se encarece cada viaje al campo. Los aumentos se repiten con tal frecuencia que parecen rutina, pero no deberían naturalizarse.
El problema no es solo el precio, sino la sensación de indefensión. Seis aumentos en un mes no son un dato técnico: son un golpe directo a la vida cotidiana. Y mientras las empresas ajustan, los usuarios ajustan también, pero hacia abajo: menos viajes, más resignaciones, más bronca.
La noticia de hoy es un espejo de lo que pasa en todo el país: la inflación se mide en surtidores, y cada litro de nafta es un recordatorio de que la economía se cocina lejos de la gente común.
En este contexto, recordar a Matilde Aranda y su guiso de arroz cobra otro sentido: ella sostenía la vida con lo que tenía, sin especular. Las petroleras, en cambio, sostienen sus ganancias a costa de la vida de todos.
