En un país donde la presión fiscal asfixia a los que producen, y la informalidad crece al ritmo de la desesperación, el Estado vuelve a extender una mano… pero no para ayudar, sino para cobrar. La Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) anunció la prórroga hasta el 30 de diciembre para adherir al régimen de facilidades de pago del impuesto a las Ganancias. También, como gesto de cortesía fiscal, ofrece una tasa de interés reducida para quienes se apuren a regularizar antes de fin de noviembre.
A primera vista, la medida parece razonable: más tiempo, menos interés. Pero detrás del anuncio, se esconde una verdad incómoda: el Estado necesita recaudar como sea, y lo hace mientras el país se desangra. La economía real está en terapia intensiva. Las pymes cierran, los comercios venden la mitad, los jubilados hacen changas para comer, y los docentes cobran menos que hace una década. Pero el fisco no duerme: exige, ajusta, presiona.
¿Quién puede pagar Ganancias en un país donde el salario mínimo no alcanza para cubrir la mitad de la canasta básica? ¿Qué significa “facilidades” cuando el contribuyente ya está endeudado con la tarjeta, con el alquiler, con la vida? La prórroga no es alivio: es estrategia. Es una forma de estirar la soga sin soltarla. De maquillar la recaudación sin tocar los privilegios de los que más tienen.
Mientras tanto, el financiamiento educativo cae en 21 provincias, los salarios docentes están por debajo de los niveles de hace diez años, y los hospitales públicos funcionan con parches. Pero el Estado sí tiene tiempo para publicar resoluciones, ajustar tasas y recordarnos que, aunque todo se derrumbe, los impuestos no perdonan.
La paradoja es brutal: se exige como si estuviéramos en Suiza, pero se invierte como si fuéramos colonia. Se habla de “responsabilidad fiscal”, pero se desfinancia la educación, la salud, la infraestructura. Se castiga al que produce, mientras se premia al que especula. Y se extiende el plazo para pagar, pero no se extiende el compromiso de devolver algo a cambio.
En definitiva, la prórroga no es un gesto de alivio: es una confesión de necesidad. El Estado necesita recaudar, pero no sabe cómo crecer. Necesita cobrar, pero no sabe cómo invertir. Y mientras tanto, los que sostienen el país con su trabajo, su esfuerzo y su dignidad, siguen esperando algo más que un plan de pagos.
Porque no se puede construir futuro con tasas de interés. Ni se puede gobernar solo con prórrogas. Mucho menos, cuando el presente se cae a pedazos.
