La política santaelenense vuelve a ser escenario de un drama que combina viejas rencillas, disputas de poder y la incapacidad de construir consensos dentro del Partido Justicialista. El pedido de expulsión del intendente Domingo Daniel Rossi y de su esposa, la diputada provincial Silvia Moreno, no es un hecho menor ni un trámite burocrático: es la expresión más cruda de una interna que amenaza con fracturar al peronismo local y dejar heridas difíciles de cicatrizar.
El reclamo surge de sectores que acusan a Rossi de prácticas que contradicen los principios del partido, de acuerdos que se leen como traiciones y de un estilo de conducción que, lejos de sumar, divide. La figura del intendente, con décadas de presencia en la política entrerriana, se ha convertido en un símbolo de la persistencia de liderazgos que no se resignan a ceder espacios, incluso cuando el desgaste es evidente. Su esposa, diputada provincial, aparece en el mismo paquete de cuestionamientos, como si la política familiar se hubiera transformado en un blanco fácil para quienes buscan renovar las filas del PJ.
La ironía es que el peronismo de Santa Elena, que tantas veces se presentó como garante de unidad y de defensa de los intereses populares, hoy se consume en una pelea intestina que expone más miserias que proyectos. La expulsión, más que un castigo, parece un intento de borrar del mapa a quienes incomodan, aunque el costo sea profundizar la fragmentación.
En este contexto, la comunidad santelenense observa con desconfianza y cansancio. Mientras los dirigentes se enredan en disputas internas, los problemas cotidianos —la falta de empleo, la precariedad de los servicios, la necesidad de obras— siguen esperando respuestas. La política se convierte en un espectáculo de acusaciones y sanciones, y la ciudadanía queda relegada a un papel de espectadora de un drama que poco tiene que ver con sus urgencias.
La interna del PJ de Santa Elena es un espejo de lo que ocurre en muchos rincones del país: partidos que se desgastan en luchas internas, liderazgos que se niegan a dar paso a nuevas generaciones, y comunidades que pagan el precio de la desidia. La expulsión de Rossi y su esposa, si se concreta, no resolverá los problemas de fondo. Apenas será un capítulo más en la larga novela de un peronismo que parece más preocupado por sus batallas internas que por la construcción de futuro.
