La madrugada del sábado trajo una escena que se repite con inquietante frecuencia en las orillas del Paraná: un hombre, de unos treinta años, visiblemente alterado, llorando, se lanzó al río desde uno de los muelles de Puerto Nuevo. Dos cuidacoches intentaron detenerlo. Uno lo abrazó, le rompió la remera en el forcejeo. “Soltame”, dijo el joven, y corrió hacia el agua. Cruzó la baranda. Se tiró.
El río como refugio y como grito
No hay nombre. No hay documento. No hay pertenencias. Solo un cuerpo que se escapa, una decisión tomada en medio del shock. La Prefectura y la Policía activaron el protocolo de búsqueda, pero hasta el momento no hay rastros. El operativo continúa, mientras la ciudad amanece con una pregunta que nadie formula en voz alta: ¿cuántos más?
El Estado llega tarde, otra vez
La escena es conocida. Un hombre en crisis, una zona pública sin contención, testigos improvisados que hacen lo que pueden. Luego, el despliegue institucional: rastrillaje, entrevistas, patrullas. Pero el momento clave ya pasó. No hubo asistencia psicológica, no hubo presencia preventiva, no hubo nadie que pudiera leer el dolor antes de que se hiciera irreversible.
Paraná, ciudad de espaldas al río
La costanera baja, lugar de paseo y de abandono. Allí conviven los que buscan aire y los que ya no lo encuentran. El río, que debería ser símbolo de vida, se convierte en escenario de desesperación. Y mientras se multiplican los operativos, nadie discute el fondo: la salud mental como política pública, la soledad como síntoma social, la urgencia de mirar más allá del hecho policial.
Editorial final: cuando el silencio pesa más que el agua
Este episodio no es solo una noticia. Es una advertencia. El hombre que se arrojó al río no buscaba desaparecer. Buscaba ser visto. Y lo fue, pero demasiado tarde. En una ciudad que se jacta de su belleza ribereña, el Paraná se convierte en espejo de lo que no queremos mirar: el abandono, el dolor, la falta de respuestas.
