El cuarto aumento de precios aplicado por Shell en lo que va del mes de agosto no es un hecho aislado ni una mera actualización comercial. Es, en cambio, un síntoma claro de una política económica que ha optado por liberar los precios sin amortiguadores sociales, dejando que el mercado regule incluso los bienes esenciales. El combustible, lejos de ser un producto más, es el corazón logístico de la economía. Su encarecimiento tiene efectos en cadena que impactan en el transporte, la producción, los alimentos y, en última instancia, en el bolsillo de cada ciudadano.
La suba, que se concretó en la madrugada del viernes 22, se suma a las ya registradas el 1, 8 y 14 de agosto. En total, los incrementos acumulados superan el 12% en menos de un mes. En ciudades como Paraná, la nafta súper ya supera los $1.500 por litro, mientras que los combustibles premium rozan los $1.760. Estos valores no solo tensionan los presupuestos familiares, sino que también afectan a sectores productivos que dependen del transporte terrestre para mover mercadería, insumos y personas.
La política de “microprecios” que aplican las petroleras —con ajustes diferenciados según la estación, la región y la demanda— ha generado una volatilidad que desorienta al consumidor. Ya no hay previsibilidad ni estabilidad. Cargar combustible se ha convertido en una decisión estratégica, casi especulativa, donde el día y la hora pueden significar una diferencia de cientos de pesos. Esta dinámica, lejos de ser transparente, erosiona la confianza y profundiza la sensación de desprotección.
El Gobierno, por su parte, ha optado por una desregulación que deja en manos del mercado la evolución de los precios. La actualización parcial de los impuestos a los combustibles, sumada a la presión del dólar y la inflación, ha generado un escenario donde las petroleras ajustan sin freno. La falta de controles efectivos y de una política energética clara permite que las subas se acumulen sin justificación técnica ni social.
En este contexto, el combustible se convierte en un termómetro del ajuste. Cada aumento no solo refleja una decisión empresarial, sino también una ausencia estatal. La energía, como bien estratégico, no puede quedar librada exclusivamente a la lógica del mercado. Requiere planificación, regulación y sensibilidad social. Porque cuando el precio del combustible sube, no solo se encarece el transporte: se encarece la vida.
