En Punta del Este, la postal del verano se quebró de golpe: un turista argentino ingresó al mar en una moto acuática y no regresó. La escena, que podría haber sido apenas un accidente aislado, expone una tensión más profunda: la del turismo que vende seguridad y glamour, pero que convive con riesgos invisibles.
La búsqueda desplegada con drones y embarcaciones mostró la otra cara de la temporada: detrás de las playas perfectas y los hoteles de lujo, hay un mar que no entiende de marketing ni de promesas. La naturaleza recuerda, con crudeza, que la fragilidad humana no se tapa con bronceadores ni con paquetes turísticos.
Este episodio obliga a repensar la relación entre espectáculo y responsabilidad. ¿Qué protocolos existen para quienes alquilan motos de agua? ¿Qué controles se aplican en un balneario que se promociona como “seguro” y “exclusivo”? La tragedia evitada porque el turista fue hallado con vida debería ser un llamado de atención: no basta con vender experiencias, hay que garantizar condiciones reales de seguridad.
El turismo de lujo, tan celebrado en la región, necesita más que marketing: requiere transparencia, prevención y respeto por la vida. Porque cada desaparición, cada operativo de rescate, nos recuerda que el mar no es un decorado, sino un territorio que exige responsabilidad.
