El peronismo entrerriano atraviesa un momento de desconexión tan evidente que ni siquiera logra “subir el amperímetro”. La reunión encabezada por Rosario Romero en Paraná fue calificada por los propios asistentes como un verdadero papelón: apenas unas decenas de militantes, rostros cansados y discursos que no lograron disimular la falta de convocatoria.
La escena se repitió en Villaguay, donde Juan José Mesquida, en su desesperación por seguir ocupando cargos, intentó vestir de “unidad” lo que en realidad fue una reunión con escasa presencia. El dirigente destacó la supuesta cohesión del peronismo entrerriano, pero la realidad quedó expuesta: menos de 60 personas en un salón que parecía vacío.
La ironía es inevitable: un partido que históricamente se caracterizó por su capacidad de movilización hoy no consigue llenar ni una mesa chica. Nadie sabe si se trata de kirchneristas, seguidores de Kicillof o simples sobrevivientes de una estructura que busca desesperadamente un lugar para seguir viviendo de la política.
Mesquida, consciente de que no puede repetir mandato y sin otra alternativa, se aferra a los pantalones de Rosario Romero con la esperanza de que la intendenta de Paraná le otorgue algún espacio. La estrategia parece reducirse a la vieja práctica de la “chupada de medias”, un recurso que, en tiempos de listas cortas y sin sábana electoral, difícilmente alcance para garantizar continuidad.
La falta de convocatoria desnuda un problema más profundo: el peronismo entrerriano no encuentra la veta para reconectar con la sociedad. Los discursos de unidad suenan vacíos, los gestos de liderazgo carecen de fuerza y las reuniones terminan siendo un reflejo de la crisis de representación.
La pregunta que queda flotando, con ironía y crudeza, es si el peronismo entrerriano podrá recuperar alguna chispa de energía política o si seguirá apagado, incapaz de encender siquiera la lamparita de la convocatoria.
