A las 21 horas, los disparos volvieron a romper la noche en el barrio El Candil. Vecinos aterrados, chicos que regresaban de estudiar, adultos mayores encerrados por miedo. ¿Dónde están los jueces, los fiscales, los responsables de garantizar la paz?
El sonido que ya no sorprende, pero sí duele
El reloj marcaba las 21. La hora en que muchos vecinos terminan su jornada, en que los chicos vuelven del colegio, en que las familias se reúnen para cenar. Pero en El Candil, esa rutina fue interrumpida por una secuencia de disparos que se sintieron como una ráfaga de impotencia. Otra vez. Como tantas otras veces.
“¡Tiran para todos lados! Acá hay chicos, personas mayores…”, decía un vecino con la voz quebrada por el pánico. No era exageración: los tiros no distinguen edades, ni ocupaciones, ni horarios. La violencia se impone como rutina, y el miedo como paisaje cotidiano.
Un barrio sitiado por la indiferencia
El Candil no es zona liberada por casualidad. Es zona abandonada. Abandonada por quienes deberían garantizar seguridad, justicia, presencia institucional. “¿Dónde están los jueces? ¿Dónde están los fiscales?”, preguntaba otro vecino, con la indignación de quien ya no espera respuestas, sino milagros.
La ausencia del Estado se siente en cada rincón del barrio. No hay patrulleros, no hay operativos, no hay prevención. Solo hay vecinos que se encierran temprano, que enseñan a sus hijos a agacharse cuando escuchan tiros, que viven con miedo de salir a trabajar o estudiar.
El grito que nadie escucha
“Ya estamos cansados”, culminó el vecino. Y ese cansancio no es solo físico: es moral, es emocional, es institucional. Es el agotamiento de vivir en un lugar donde la ley no llega, donde la justicia no responde, donde la violencia se repite como un eco que nadie quiere atender.
El Candil no pide privilegios. Pide lo básico: vivir sin miedo. Pide que los responsables de impartir justicia se hagan presentes. Pide que los funcionarios salgan de sus despachos y recorran las calles que hoy son territorio de la desesperanza.
¿Hasta cuándo?
Cada disparo en El Candil es una señal de alarma. Pero también es una pregunta: ¿hasta cuándo vamos a mirar para otro lado? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que barrios enteros vivan sitiados por la violencia y la indiferencia?
La comunidad exige respuestas. Exige presencia. Exige que los jueces, fiscales, policías y autoridades locales dejen de ser espectadores y se conviertan en protagonistas de una solución que ya no puede esperar.
Porque si el Estado no llega, el miedo se queda. Y con él, la certeza de que la justicia, en algunos barrios, es solo una palabra vacía.
