El caso de la niña Giovana, de apenas cuatro años, mordida por una yarará en la Escuela Nº 28 Tabaré de Banderas, es mucho más que un episodio aislado. Es el reflejo brutal de las condiciones en que se desarrollan las actividades educativas en las zonas rurales de Entre Ríos, donde la precariedad edilicia y la falta de prevención convierten a los espacios escolares en escenarios de riesgo.
La pequeña, hija de una cocinera de la institución, fue al canasto de juguetes como lo hacía habitualmente. Allí, entre muñecos y pelotas, la esperaba una víbora venenosa que le mordió la mano izquierda. La reacción rápida de la docente a cargo y la atención inmediata en el hospital de Federal, donde se aplicaron ocho frascos de suero antiofídico, salvaron su vida. El director del nosocomio, médico Josué Rudy, confirmó que la niña está fuera de peligro, aunque el susto y la angustia quedarán grabados en la memoria de toda la comunidad.
La visita de la Directora Departamental de Escuelas, María Flores, y otros funcionarios, intenta transmitir tranquilidad. Pero la pregunta es inevitable: ¿cómo puede una víbora ingresar y permanecer en un canasto de juguetes dentro de una escuela? La respuesta apunta a la falta de infraestructura adecuada, de controles periódicos y de protocolos de seguridad que deberían ser básicos en cualquier institución educativa.
La ironía es cruel: mientras se habla de calidad educativa y de inclusión, los niños de las escuelas rurales deben enfrentar peligros que nada tienen que ver con el aprendizaje. La mordedura de una yarará en un aula es un símbolo de la desidia institucional, de la ausencia de políticas de prevención y de la invisibilidad de las comunidades rurales en la agenda pública.
La emergencia fue atendida con rapidez y eficacia, pero el problema de fondo persiste. No alcanza con reponer los frascos de suero antiofídico: se necesita un plan integral de seguridad escolar que contemple fumigaciones, mantenimiento edilicio, capacitación docente y protocolos claros para actuar ante situaciones de riesgo. La vida de los niños no puede depender de la suerte ni de la rapidez de una docente para llegar al hospital.
La mordedura de Giovana es un llamado de atención. Las escuelas rurales de Entre Ríos no pueden seguir siendo espacios vulnerables donde la precariedad convive con la inocencia de los niños. La educación pública exige dignidad, y la dignidad empieza por garantizar que un canasto de juguetes sea solo eso: un lugar de juego y no una trampa mortal.
