ARCA acaba de descubrir lo que todos sabíamos: que el comercio electrónico dejó de ser un pasatiempo y se convirtió en un mercado paralelo donde miles de argentinos sobreviven vendiendo lo que pueden. La novedad no es el hallazgo, sino la solución: redefinir la “habitualidad” y convertir al vendedor digital en contribuyente profesional.
En criollo: si vendés más de unas pocas veces por mes, ya no sos un vecino que hace changas, sos un empresario que debe pagar IVA. El Estado, que nunca logra atrapar al gran evasor, ahora se dedica a fiscalizar al que vende zapatillas usadas en Mercado Libre.
La ironía es brutal: mientras las plataformas se convierten en agentes de retención, los vendedores se transforman en recaudadores involuntarios. El changuito virtual, que era símbolo de rebusque y creatividad, ahora viene con factura electrónica y plan de pagos.
El discurso oficial habla de “modernización fiscal”. Pero lo que se moderniza, en realidad, es la capacidad de exprimir al pequeño comerciante. Porque la habitualidad no es un concepto jurídico: es la necesidad de sobrevivir en un país donde vender por internet es más seguro que abrir un local en la esquina.
La verdadera pregunta es quién define la habitualidad: ¿el algoritmo de ARCA o la desesperación de la gente? Porque si vender diez veces al mes te convierte en contribuyente, entonces la pobreza también debería ser considerada “habitual”.
