En Paraná, la Policía secuestró más de 135 kilos de marihuana, prolijamente envueltos en 190 paquetes que alguien decidió arrojar desde una embarcación. Valor estimado: 27 millones de pesos. Valor simbólico: incalculable.
Porque lo que flota en el río no es solo droga. Flota la evidencia de un sistema que se hace el distraído. Nadie detenido, nadie responsable, nadie que explique cómo semejante cargamento llegó hasta la bajada Núñez. El río se convierte en espejo de la complicidad: arrastra lo que el poder prefiere no mirar.
La escena es casi poética: envoltorios navegando como botellas con mensajes, pero el mensaje es claro: el narcotráfico tiene logística, rutas y protección. Y la sociedad, en cambio, tiene silencio.
Mientras tanto, los discursos oficiales se llenan de palabras huecas: “se investiga”, “se continúa con las tareas”. La transparencia se hunde más rápido que los paquetes que no alcanzaron a flotar.
En Entre Ríos, donde la dignidad rural se defiende día a día, este hallazgo debería ser un llamado urgente: ¿quién controla las aguas?, ¿quién protege las orillas?, ¿quién se beneficia de que 27 millones de pesos en droga aparezcan sin dueño?
La marihuana flotante es apenas la metáfora de un Estado que se deja llevar por la corriente. Y nosotros, desde la orilla, tenemos la obligación de recordar que la memoria no se hunde.
